Las cosas cambian, siempre cambian, pero que lo hagan o no a mejor depende a veces solo del interés, y no de los medios o conocimientos.
Hace ya muchos años de la irrupción de dispositivos miniportátiles para alumnos en las aulas españolas, en el año 2009. Avalancha que, tal como si fuera de nieve, duró lo que tardó en llegar el deshielo dejando a su paso un reguero de antenas wifi, pizarras táctiles, proyectores, ... y algún que otro docente motivado y con ganas de algo más.
Ocho años más tarde, parece mentira que todas las expectativas, todas las ilusiones, todos los esperados beneficios del inminente cambio en la educación de los menores hayan quedado en el olvido. Se acabó el telediario y la noticia pasó a ser otra, llegó la crisis, se acabó la presión externa y el cambio, sencillamente, dejó de ser importante.
No parece fácilmente comprensible la lentitud en la adopción de nuevas herramientas en la educación, aunque existen multitud de ejemplos de profesores, de centros educativos que en su momento tomaron la iniciativa y hoy, en 2017, pueden presumir de llevar muchos años de experiencia en el trabajo con tecnologías en sus aulas.
Centros con medios económicos prácticamente inexistentes que aprovechan los móviles de sus alumnos, los viejos miniportátiles del proyecto escuela 2.0, ... que generan sus recursos para abaratar costes, abren los centros fuera del horario escolar para poner a disposición de los alumnos que lo necesitan las aulas de informática. Maestros que financian con las clases extraescolares los equipos que usan los alumnos con necesidades especiales.
El cambio es posible, es positivo y es necesario, pero da miedo y no es rentable.
En fin, qué le vamos a hacer ...
Hace ya muchos años de la irrupción de dispositivos miniportátiles para alumnos en las aulas españolas, en el año 2009. Avalancha que, tal como si fuera de nieve, duró lo que tardó en llegar el deshielo dejando a su paso un reguero de antenas wifi, pizarras táctiles, proyectores, ... y algún que otro docente motivado y con ganas de algo más.
Ocho años más tarde, parece mentira que todas las expectativas, todas las ilusiones, todos los esperados beneficios del inminente cambio en la educación de los menores hayan quedado en el olvido. Se acabó el telediario y la noticia pasó a ser otra, llegó la crisis, se acabó la presión externa y el cambio, sencillamente, dejó de ser importante.
No parece fácilmente comprensible la lentitud en la adopción de nuevas herramientas en la educación, aunque existen multitud de ejemplos de profesores, de centros educativos que en su momento tomaron la iniciativa y hoy, en 2017, pueden presumir de llevar muchos años de experiencia en el trabajo con tecnologías en sus aulas.
Centros con medios económicos prácticamente inexistentes que aprovechan los móviles de sus alumnos, los viejos miniportátiles del proyecto escuela 2.0, ... que generan sus recursos para abaratar costes, abren los centros fuera del horario escolar para poner a disposición de los alumnos que lo necesitan las aulas de informática. Maestros que financian con las clases extraescolares los equipos que usan los alumnos con necesidades especiales.
El cambio es posible, es positivo y es necesario, pero da miedo y no es rentable.
En fin, qué le vamos a hacer ...

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